Noticias07/02/2020
El crimen de Gesell y el accionar de los hijos de la oligarquía a principios del siglo XX

Los niños bien atacan de nuevo

La muerte de Fernando Báez Sosa en Villa Gesell a manos de una patota de jóvenes de buena posición económica retrotrajo los relojes de la Argentina a principios del 1900 cuando los hijos ricos de la oligarquía criolla conformaron grupos de choque para golpear y torturar a obreros, sindicalistas, judíos e inmigrantes al grito de "Viva la Patria" y fuera "gringos".
Los niños bien atacan de nuevo

Durante la temporada del verano 2020 en Villa Gesell, la crónica periodística dejó registro en la sección policiales de los diarios de todo el país que una patota de diez jóvenes, de entre 18 y 20 años, había asesinado a patadas a otro joven de su misma edad frente a la discoteca Le Brique. Los cronistas destacaron que esos muchachos eran "rugbiers" y remarcaron al mismo tiempo su condición socioeconómica privilegiada (ver "Quiénes son los rugbiers hijos del poder", diario Perfil, 22/01/2020).

Como se sabe, para buena parte de la sociedad argentina el rugby es un deporte violento y elitista, que practican fundamentalmente los jóvenes de las clases medias altas del país. Esta apreciación se vio reforzada, en el caso del asesinato en Villa Gesell, por el hecho de que la ciudad de Zárate, lugar de origen de los agresores, se encuentra en una de las zonas agrícolas ganaderas más apetecidas: un campo de solo 37 hectáreas puede alcanzar fácilmente el valor de un millón de dólares (https://www.agrofy.com.ar/). 

El granero del mundo

Aunque todavía quedan por dilucidar las responsabilidades de cada uno en el crimen, lo cierto es que el grupo de jóvenes que atacó a Fernando Báez abrió las desvencijadas puertas de la historia social argentina y trajo a la memoria el accionar de los que desde fines del siglo XIX eran conocidos popularmente como los "niños bien".

Hijos, sobrinos y nietos y, como tales, herederos de las grandes fortunas que amasaron los terratenientes de la Argentina, sobre todo desde la asunción al poder de los ideólogos de la llamada generación del '80 (Sarmiento, Mitre, Avellaneda), estuvieron en boca de los principales medios del país de entre siglos no sólo por el despilfarro del que hacían gala, la ostentación de riqueza que enarbolaban y por sus "hazañas" deportivas en el polo, la aeroestática (Jorge Newbery) o el fútbol de prosapia inglesa (Alumni). También los escándalos y las refriegas con los compadritos de los suburbios en las que se involucraban regularmente, llenaban la sección de "sociales" y aumentaban la tirada de ejemplares. 

Salón de baile a principios del siglo XX
Salón de baile de tango a principios del siglo XX donde confrontaban compadritos y pitucos

Diversión, ocio, spleen (aburrimiento) fueron algunos de los motivos que impulsaron inicialmente a los pitucos, cajetillas o jailaifes a satisfacer sus vidas con algo más que una opípara cena en los exclusivos restaurantes de París, Viena o Londres. Sin embargo, ya  entrado el siglo XX, no les bastó con pelearse con los taitas y orilleros que frecuentaban las pistas de baile del centro, como el Petit Salón, el Politeama o la Rotisería Alemana, o el Café Hansen en Palermo, donde el tango era rey. Algo andaba mal por esas calles atestadas de inmigrantes brutos y hambrientos recién llegados del otro lado del charco.

Pese a que se encontraba en plena vigencia la Ley de Residencia de 1902 que autorizaba al Poder Ejecutivo a impedir la entrada y a expulsar extranjeros "cuya conducta comprometa la seguridad nacional o perturbe el orden público", ley que fuera promovida por el diputado Miguel Cané, otrora niño bien y fundador junto a Carlos Pellegrini del Jockey Club, la Argentina que prometía ser el granero del mundo estaba tomando otro camino. Y había que corregirlo.

Los niños bien "se encontraban molestos y abochornados por algunas cosas raras que estaban pasando en Buenos Aires. Se creaban numerosos sindicatos obreros, se producían cada vez más huelgas y los anarquistas conmovían a la ciudad con el estruendo de sus bombas. La muerte del jefe de Policía Ramón L. Falcón en un atentado terrorista (N.de.la.R: 14 de noviembre de 1909) los sacudió profundamente y se aprestaron a defender el orden constituido" (Buenos Aires se divierte, Oscar Troncoso, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1971).

Cabe recordar que el 1 de mayo de 1909, meses antes de caer bajo la bomba arrojada por Simón Radowitzky, Ramón L. Falcón había dado la orden de reprimir la manifestación convocada por la Federación Obrera Regional Argentina (FORA) en Plaza Lorea para celebrar el Día de los Trabajadores, hecho que pasó a la historia como el inicio de la "Semana Roja". En esa ocasión, la policía de Falcón disparó a mansalva y causó inicialmente la muerte de 11 obreros y más de 105 heridos, muchos de los cuales fallecieron en los días siguientes, por lo que se calcula que como consecuencia de la represión los muertos fueron 80.​

Un Centenario sin obreros

Como reemplazante de Falcón fue nombrado el coronel Dellepiane. César Viale, otro conspicuo representante de la oligarquía argentina, fue designado secretario general de la Policía. Una de sus primeras medidas fue la de convocar a sus amigos "deportistas" para que ayudaran a la policía en su tarea represora durante los festejos de Mayo de 1910. Fue así como nutridos grupos de jóvenes de apellidos tradicionales (Alzaga Unzué, Delcasse, Newbery, Demarchi, Del Pino, Boucau y otros no menos ilustres) pusieron al servicio de las instituciones y organización del Centenario sus habilidades atléticas de eximios esgrimistas, precisos cazadores y temidos boxeadores.

El principal blanco fueron las imprentas anarquistas y los locales obreros que en su gran mayoría terminarían incendiados. Al tratarse de una huelga o de una manifestación de trabajadores, los niños bien aparecían de improviso con sus macanas para apalear a huelguistas y manifestantes al grito de "Viva la Patria" y afuera los "gringos".

Tedeum del Centenario 1910
El presidente de la Argentina José Figueroa Alcorta y la Infanta Isabel de Borbón, camino al Tedeum del Centenario.

Pero los obreros y los movimientos anarquista y sindical no esperarían que los festejos por los cien años de un país extremadamente desigual se sucedieran alegremente y continuaron reclamando por la jornada laboral de ocho horas, la prohibición de trabajar para menores de 14 años, la abolición del trabajo nocturno a mujeres y menores de 18 años, el descanso en el fin de semana y, especialmente, la inmediata derogación de la Ley de Residencia. La cerrada negativa de las autoridades y las amenazas a la represión y el encarcelamiento si no se cumplían con las órdenes de suspender cualquier acto o movilización callejera durante los festejos, llevó finalmente a las organizaciones obreras, como la FORA y la Unión General del Trabajo (UGT), a declarar una huelga general a partir del 18 de mayo de 1910. El Gobierno que encabezaba José Figueroa Alcorta reaccionó como había prometido hacerlo: se declaró el estado de sitio, se cerraron los diarios sindicales, se sancionó la Ley de Defensa Social, que extendía las restricciones de la Ley de Residencia, y fueron deportados  cientos de dirigentes sindicales y encarcelados más de tres mil trabajadores acusados de anarquistas.

Reclamo obrero por las 8 horas de trabajo
Manifestación obrera durante el Centenario en reclamo de las 8 horas de trabajo 

Según Herman Schiller, el antisemitismo "estaba muy arraigado en las clases altas de entonces", como lo demostraban artículos, editoriales y hasta folletines en entregas aparecidos en medios como La Nación, La Prensa y El Nacional, diario este último donde el mismísimo Domingo Faustino Sarmiento publicó varias notas antijudías meses antes de morir. No obstante, el antisemitismo explícito, expresado en acciones directas contra los "rusos", comenzó ese año de 1910 teniendo a los cajetillas como protagonistas centrales. Las crónicas de la época relatan que jóvenes de clase alta bajo la conducción del barón Demarchi "asaltaron las sedes del Avangard, órgano del Bund, agrupación obrera socialista judía, y la denominada Biblioteca Rusa, para quemar luego sus libros en Plaza Congreso".

Pero el objetivo no sólo eran los judíos. Las patotas de niños bien se dirigieron a los comités socialistas y lugares de reunión anarquistas para romper e incendiar todo a su paso. Así cayeron bajo las llamas de los pitucos el diario La Vanguardia, órgano del partido Socialista, el periódico anarquista La Protesta y varios locales del sindicalismo: "Centenares de jóvenes universitarios y miembros de organizaciones de la elite, como el Club Sportivo, se lanzaron a las calles con banderas y escarapelas argentinas, cantando el himno nacional y vivando a la patria... Quemaron locales obreros (sedes gremiales, bibliotecas, escuelas, librerías), destruyeron las imprentas de diarios como La Protesta, La Batalla, La Vanguardia y otros, atacaron dirigentes gremiales. Pero la ola de violencia no se detuvo allí y se extendió a otros ámbitos de la sociedad como el emblemático circo de Frank Brown que fue incendiado, cafés, prostíbulos, bares y comercios de ciudadanos judíos. Se trataba centralmente de un ataque al anarquismo que se extendió al socialismo, al movimiento obrero y, en una clara manifestación de xenofobia, a los extranjeros como los rusos judíos" (Los festejos del primer Centenario de la Revolución de Mayo y la exclusión del movimiento obrero, Juan Suriano, en Revista de Trabajo N° 9, IDAES-UNSAM).

La Nación Argentina en peligro

La relativa calma política y social que se vivió en Buenos Aires luego del Centenario, tal vez atravesada por la Primera Guerra Mundial, y que desembocó en la elección del radical Hipólito Yrigoyen en 1916 bajo la Ley Roque Sáenz Peña, tuvo un correlato positivo para el movimiento obrero, ya que permitió la expansión del sindicalismo no sólo en cantidad de afiliados sino también en nuevos sectores productivos que se incorporaron a las organizaciones obreras.

Las clases altas y la oligarquía, por su parte, seguían facturando muy bien sus exportaciones de carne y granos, aunque en menor volumen por las restricciones impuestas por la guerra. Mientras tanto, sus hijos dilectos, sus herederos, alcanzaban lo más alto de su actividad parasitaria y provocadora: desplegaban como nunca antes lo habían hecho sus aptitudes físicas y deportivas, y alardeaban de su protagonismo en los desmanes que causaban en los lugares de baile y en los peringundines privados, donde "rociaban con champaña a las prostitutas francesas traídas de Polonia" (Buenos Aires se divierte...). Pero la fiesta terminó un día y el llamado de la Patria los convocó nuevamente a defender los valores más sublimes de la Nación Argentina. El 2 de diciembre de 1918 la Sociedad de Resistencia Metalúrgicos Unidos había declarado la huelga en los Talleres Vasena.   

Huelga en los Talleres de Vasena
Los trabajadores de Vasena acataron mayoritariamente la huelga que comenzó el 2 de diciembre de 1918.

Conocida como la Semana Trágica, los sangrientos sucesos se dieron del 8 al 17 de enero de 1919, cuando la represión y masacre sufrida por el movimiento obrero argentino dejó un saldo de cientos de muertos, miles de heridos (aún hoy no hay coincidencia total en la cantidad de víctimas) y detenidos, e incluyó el único pogrom (matanza de judíos) del que se tiene registro en América. Para los EEUU, los muertos por la represión ascendieron a 1.356, mientras que para Francia se contaron 800 y 4.000 heridos, y más de 50.000 detenidos. 

Para alcanzar estas cifras escalofriantes, estuvieron involucrados el Ejército, la Marina, la Policía y, cuándo no, los grupos de choque conformados por los "niños bien" que, en esa época, ya habían sido oficializados con el nombre de Liga Patriótica, organización parapolicial fundada y dirigida por el diputado conservador Manuel Carlés. 

"Eran jóvenes, impregnados por una combinación de nacionalismo y catolicismo, que habían formado dos organismos civiles terroristas: Orden Social y Guardia Blanca, transformados posteriormente en Liga Patriótica Argentina y Comité Pro Argentinidad, que crearon brigadas armadas con el visto bueno de la policía y el Ejército y el apoyo financiero de la Asociación Nacional del Trabajo, entidad patronal presidida por Joaquín S. Anchorena. Los integrantes provenían de la Asociación de la Juventud, Asociación del Trabajo, Jockey Club, Círculo de Armas, Asociación Damas Patricias y la Iglesia" (ver La Semana Trágica de enero de 1919: huelga, lucha y represión, https://www.anred.org).

Durante esos días, los jóvenes de la Liga, al igual que en el Centenario, se encargaron de quemar viviendas obreras, sinagogas, locales sindicales y partidarios, periódicos, bibliotecas populares y judías, cooperativas. Diarios como La Prensa, de la familia Gainza Paz, tuvieron la misión de registrar puntualmente esta actividad, aunque, claro está, desde su propia pertenencia de clase, cubriendo de "gloria a los integrantes de la Liga Patriótica" por los ataques a los centros obreros, en uno de los cuales (un asalto a un local de la FORA) resultaron muertos dos trabajadores.

Niños bien de la Liga Patriótica
Los hijos ricos de la oligarquía integraron la Liga Patriótica que, junto a la policía, era la encargada de apalear y torturar a los huelguistas durante la Semana Trágica. 

Pedro Wald, un joven periodista judío, acusado de ser el primer presidente del Soviet argentino, fue salvajemente torturado en la comisaría 7ª (Lavalle, entre Paso y Pueyrredón). Diez años después escribió en su libro Koshmar (Pesadilla) que "salvajes eran las manifestaciones de los ‘niños bien’ de la Liga Patriótica, que marchaban pidiendo la muerte de los maximalistas, los judíos y demás extranjeros. Refinados, sádicos, torturaban y programaban orgías. Un judío fue detenido y luego de los primeros golpes comenzó a brotar un chorro de sangre de su boca. Acto seguido le ordenaron cantar el Himno Nacional y, como no lo sabía porque recién había llegado al país, lo liquidaron en el acto. No seleccionaban: pegaban y mataban a todos los barbudos que parecían judíos y encontraban a mano. Así pescaron un transeúnte: ‘Gritá que sos un maximalista’. ‘No lo soy’ suplicó. Un minuto después yacía tendido en el suelo en el charco de su propia sangre".

Fernando Báez Sosa, como sus atacantes, tenía menos de 20 años y se aprestaba a ingresar a la universidad. Pero era morocho e hijo de inmigrantes paraguayos que trabajan como porteros en el barrio porteño de Caballito.