Noticias28/06/2020
“Tuve que comprarme otra computadora, acá ahora somos dos teletrabajando”

Teletrabajo: ¿oportunidad para lxs trabajadorxs o beneficio para el capital?

Iara M. López reflexiona y analiza el desarrollo del Teletrabajo preguntándose acerca de sus problemas y potencialidades pensando así su proyección hacia el futuro ¿Pero quién ganará entonces? ¿El capital o el trabajo?
Teletrabajo

“Tuve que comprarme otra computadora, acá ahora somos dos teletrabajando”. “La página me facturó sólo el costo de los auriculares y no incluyó el envío, así que en el laburo no me cubrieron el total del gasto”. “Se me jodió la batería de la notebook y el servicio informático está colapsado de arreglos, no sé para cuándo podré tenerla”. “La banda ancha que tengo es pésima, se me cortan las clases en vivo”.

Estos son algunos de los infinitos acontecimientos sobre los que venimos escuchando (o que venimos sufriendo) quienes nos encontramos teletrabajando desde nuestras casas, en el actual contexto del COVID-19. Y frente a tamañas dificultades, que se suman al cada vez más insoportable contexto de encierro y a las tareas domésticas que se han intensificado, resulta preciso un poco de análisis.

Cuando hablamos de teletrabajo, las primeras preguntas que surgen son: ¿cómo se está desarrollando hoy en día? ¿Cuál puede ser su proyección a futuro? ¿Qué problemas y potencialidades contiene?

Comenzando por la primera pregunta, según el CIPPEC (Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento), del total de trabajos existentes el 60% podría realizarse en modalidad de teletrabajo, aunque sólo el 27% (aproximadamente) tiene el potencial para hacerlo y el 18% cuenta con capacidad de uso efectivo de las TIC en los hogares. Por lo tanto, el CIPPEC, pensando en el planeamiento de políticas públicas, expresa que hay que desarrollar una estrategia de transformación digital que permita llegar a los segmentos empresariales más alejados a la innovación tecnológica, preocupación que también sostienen muchas asociaciones sindicales. Es decir: no todxs lxs trabajadorxs tienen los conocimientos técnicos para desarrollar esta nueva modalidad laboral, y no se les puede pedir que realicen tareas que desconocen. Por tanto, sigue siendo obligación del empleador/a brindarle aquellas herramientas.

Asimismo, y en cuanto a los problemas de esta modalidad, la constatación general es que los horarios de trabajo se han desdibujado (generalmente extendiéndose más), se dificulta la “desconexión”, lxs empleadorxs se desentienden muchas veces de las licencias que deben otorgar, etc. Algunos sindicatos lo han resumido en términos de que se “torna invisible la relación laboral, genera horas excesivas de trabajo, no se reconocen las horas extras, existen riesgos de no declarar síntomas de enfermedad o lesión, se genera alto estrés por objetivos de productividad elevados”, entre otros. Desde ya, el sindicalismo en general está preocupado sobremanera, porque trabajar solx en el hogar impide la formación de la tan famosa “conciencia de clase”: un trabajador o trabajadora, según la teoría marxista, sólo se reconoce como tal en la medida en que se encuentra con sus compañerxs en el mismo espacio, con las mismas potencialidades y padecimientos. Sólo a partir de ese reconocimiento podrá comprender que su situación no es meramente individual y, en caso de que quiera transformarla, puede identificar que el combate debe ser colectivo y estructural. El teletrabajo en el hogar, entonces, dificulta esta “ecuación”: no sólo carga al trabajador/a con los designios de su empleador/a en soledad, sino que dificulta el encuentro y la organización política.

De todos modos, no deberíamos olvidar que el teletrabajo ha traído modificaciones que, en una “nueva normalidad”, se proyectan como beneficios nada desestimables: ha disminuido el gasto en trasporte público (que es mucho dinero), el gasto en almuerzos, en muchos casos también en estacionamiento, no se pierde hora u hora y media viajando apiñadxs, etc. Por supuesto, esto aplica sobre todo para quienes se dedican a servicios o realizan trabajos más fácilmente transferibles a sus hogares (no podríamos incluir aquí, por ejemplo, a lxs docentes, para quienes el aula es sumamente necesaria). Por lo tanto, los sindicatos no deberían desentenderse de estas subjetividades, si quieren sostener y/o aumentar su representatividad política. “Aunque me fuercen yo nunca voy a decir que todo tiempo por pasado fue mejor”, cantaba Spinetta. Tal vez, un próximo desafío sea pensar modalidades combinadas de trabajo, que no eliminen la presencia física pero permitan algunos días de teletrabajo regulado. Y señalo especialmente esto último porque, de lo contrario, los discursos modernistas nos llevarían a una flexibilización encubierta, cosa que, en buena hora, se viene queriendo evitar con la discusión parlamentaria en el Congreso. La reciente media sanción en Diputadxs para la regulación del Teletrabajo es un aliciente en este sentido.

Por su parte, uno de los mayores riesgos del teletrabajo es que lxs empleadorxs se desentiendan (como ya está sucediendo) de proporcionar a lxs trabajadorxs los medios de trabajo o los famosos medios de producción, algo que resulta completamente paradigmático. Recordemos que el Capitalismo se formó como un sistema que acumulaba los medios de producción en el capitalista, y éste se los proporcionaba al trabajador/a para que, con su fuerza de trabajo paga, realizara el producto final. Sin embargo, el producto no le pertenecía al trabajador/a, según el capitalista, debido a que él lx había asalariado y le había proporcionado los materiales para hacerlo. Por lo tanto me pregunto: ¿a quién le pertenece ahora el producto de la labor que el trabajador/a realiza con sus propios medios, con su computadora, su banda ancha, su celular, sus auriculares? El teletrabajo, en este momento de aplicación masiva sin planificación previa por el contexto de pandemia, está poniendo en jaque las bases mismas del Capitalismo. De ahí que su regulación no sólo resulte útil para lxs trabajadorxs, sino también para el empresariado.

Por último, y como ningún análisis sobre modalidades de trabajo podría estar completo sin considerar los argumentos de la OIT (Organización Internacional del Trabajo), parece pertinente retomar algunos, sobre todo para alertar(nos) de los peligros que contienen. La primera de las afirmaciones a considerar es la que posiciona al teletrabajo como favorable para la conciliación entre la vida familiar y laboral. La realidad, por supuesto, está bastante alejada de ello, al menos mientras el Estado nacional no provea servicios integrales de cuidado. En la actualidad, estas tareas, que se ejercen fundamentalmente con lxs niñxs, adultxs mayores y personas con discapacidad, siguen recayendo mayoritariamente en las mujeres, que deben realizar “malabares” para poder atender las obligaciones laborales y domésticas. Eso sin contar, por supuesto, que el trabajo desde el hogar puede redundar en una reafirmación del estigma de la pertenencia femenina a la esfera de lo “privado”. Los estudios feministas, por el contrario, nos muestran la necesidad de que la mujer, como cualquier persona, circule y se apropie de los espacios públicos, elevando así su autoestima. Asimismo, y considerando la cantidad enorme de mujeres que conviven con hombres que las violentan, el teletrabajo no puede ser considerado, bajo ningún concepto, un beneficio sine qua non para el género. De ahí también otro argumento para considerar de suma importancia uno de los puntos clave del proyecto de ley para dar marco regulatorio a estas tareas: la posibilidad de revocabilidad del consentimiento para el trabajo a distancia, por parte de la persona en relación de dependencia, resulta fundamental si el espacio en el que se vive se torna violento. En definitiva, y tal como nos decía una profesora en mi secundaria, “toda generalización es una gran mentira”.

Finalmente, la segunda de las afirmaciones a considerar es que, según la OIT, el teletrabajo estaría generando una mayor inserción laboral de las mujeres y jóvenes (argumento que rememora a la reforma laboral de los ´90), porque ofrece trabajo de tiempo parcial, que puede realizarse desde el hogar y que permite manejar los horarios. Esto es grave pues, al pensar a la mujer buscando jornadas de medio tiempo, no sólo se la reafirma en el estigma antes mencionado, sino que se le adjudica, de antemano, que no busca trabajo de tiempo completo. La realidad, otra vez, nos indica algo distinto: las mujeres buscan cada vez más esos trabajos, ascender y desarrollarse profesionalmente, pero continúan desempeñándose mayormente en situación de subempleo, o porque son los trabajos que se les ofrecen o porque, efectivamente, no pueden/quieren salir de las tareas domésticas. De vuelta: eso es algo que los Estados de Latinoamérica deben empezar a trabajar.

En definitiva, el momento histórico que atravesamos nos genera muchas preguntas, aún con pocas respuestas. ¿Pero quién ganará entonces? ¿El capital o el trabajo? A las claras, a mediano plazo todo indica que se continuará buscando un equilibrio.